viernes, 28 de junio de 2013

TRADICIÓN MILENARIA DE LA PENCA

Estas líneas van dirigidas a vos, joven uruguayo/uruguaya, en quien ya detectamos el/la chispeante brillo/brilla de la ambición en los ojos/hojas.
Sabemos, sabés, que tus chances de ganar son ciertas.
Que ya mirás a tus rivales con unas ganas atávicas de aplastarles la cabeza.
Por eso queremos ilustrarte sobre una costumbre milenaria que adorna la Penca.

Así es, desde fines del Paleolítico, transitando al Neolítico (googleá si no me creés), los humanos practican juegos con esferas rodantes. Los arqueólogos han dado en llamarlo “Soccer Indoor Cavern” (fútbol-caverna, especie de futsal prehistórico). Tal vez extrañe que lo jugaran “bajo techo” y no en las infinitas llanuras que conformaban su hábitat.

En un principio lo hacían al aire libre, y correteaban horas pateando sus toscas pelotas (“las de fútbol” dijera Julita Moller). Pero muchas veces un equipo lograba la victoria porque su rival quedaba con menos de 7 jugadores.
¿Muchas rojas por juego brusco tal vez? Nones, en esa época no existían las tarjetas de expulsión: sencillamente las feroces bestias carnívoras que por allí acechaban, se iban comiendo a los players. Intuimos allí el embrión de ese concepto que hoy conocemos como “efímera carrera”.
Hasta nuestros días llegó la historia de aquel punterito de la Eurasia Central que, allá por el 38.315 a.c., “pintaba” por partida doble:  pintaba en las paredes de las cuevas y pintaba para ser flor de jugador.

Según cuentan las crónicas, una tarde que se disputaba un juego de alto contenido emocional (los periodistas evitaban usar el adjetivo “encarnizado” para no atraer a las fieras cebadas), nuestro personaje hacía las delicias de propios y extraños cuando ocurrió la tragedia.
Pegadito a los matorrales que limitaban la “cancha”, tiró una pared con el carrilero y corrió, saeta alada, contra la raya buscando la devolución. Fue en ese instante que aparecieron, de entre las ramas, las poderosas garras de un diente de sable que pesaría como 3.200 kilos, sin exagerar. Cazarlo y comérselo fue todo uno. Pero lo que más horrorizó a los presentes fue que el bicho se paró junto a la línea de cal y, canchereando, escupió el balón cual carozo de aceituna ingerida en el aperitivo.
Éste y muchos otros insucesos similares, empujaron al fútbol hacia las cavernas. Hoy en día los barrabravas (cavernícolas del siglo XXI) empujan a la familia hacia afuera de las canchas .

Por aquellos días también comenzaron a organizarse Pencas con motivo de los certámenes que se llevaban a cabo.
Hay testimonios que avalan lo dicho. Varias pinturas rupestres (del latín rupes=roca, . . .tomá!) como la que aquí vemos, son claras representaciones de apostadores portando sus boletos.
Los trazos no mienten: al final de esos brazos extendidos se adivinan elecciones de equipos ganadores, angustias por goles errados, ilusiones que pujan por concretarse.
Igualito que con nuestros pronósticos.


Y, por fin!, hablaremos de esa bella costumbre que se remonta a tiempos inmemoriales: el regalo del DIEZMO que los jubilosos ganadores hacen a los organizadores.
Cuánta generosidad! Qué magnífico gesto de reconocimiento en medio de esa algarabía enajenante!
No nos vengan con que somos descarados, mangueros y/o chantajistas.
Ya lo dijo aquel sabio:
                        "El respeto a las tradiciones es el sostén del acervo cultural”
(Salvo “sostén” al resto no lo entendemos mucho, pero suena importante, no?)
Ténganlo presente los ganadores, ta?
Y si no sale un diezmo, con un “tresmo” nos conformamos.

No hay comentarios: