sábado, 7 de junio de 2014

LA HIDALGUÍA ESTÁ


Se fueron los celestes a disputar otro Mundial.
 Esta vez depositamos en ellos más expectativas que hace 4 años.
Es bravo, porque muchos esperamos que se supere, o iguale al menos, el cuarto puesto de Sudáfrica. Ojalá lo “logremos”, pero pongamos un colchoncito abajo para que, si llega, el porrazo no duela tanto.
No obstante, hoy pretendemos destacar la entrega y la hombría que siempre ostentaron nuestros players, los de ahora y los de antaño. Y llega veloz a mi mente la imagen del Ruso Pérez, con las vendas en la cabeza y su sangre en las mismas. O la de Palito Pereyra el otro día, a los manotazos con el Dr. Pan para evitar que lo cambiaran.
¿Cuántas veces hemos visto a los nuestros seguir en la cancha, arriesgando su integridad más allá de la frontera de la sensatez?
Rodillas, cabezas, muñecas vendadas, muslos “fajados” y, más recientemente, esas tiras tipo cinta pato que emparchan los músculos. Hay jugadores que me evocan un jarrón que tenía mi madre. Se cayó y se rompió varias veces, pero ella lo quería tanto que le encajaba cinta y el tipo volvía, enhiesto, a ocupar su lugar en el living.
Pero si de vendajes hablamos, permítanme rescatar del pasado a Pachineca Acosta, entrañable compañero con el que integramos una modesta 3ª. división del glorioso Sandú Chico de Mercedes. El cuadro de mis amores.
En aquella ocasión disputábamos un reñido partido contra Bristol, en la cancha de Peñarol. Un escenario de lúgubre ubicación pues se levanta entre el Hospital y el Cementerio. Quienes lo conocen pueden dar fe que no miento.
Ambos equipos íbamos en las primeras posiciones por lo que la victoria significaba darle un sorbo a la Copa (qué frase original!, no?). Al promediar el 2º tiempo, y con todos los cambios hechos, un rival le encajó un manotazo en los ojos a Pachineca. Pasaron más de 30 años y aún se discute si el golpe fue intencional. Lo cierto es que Cabeza Viotti, que era idóneo en kinesiología, le dijo a Pachi que sólo podía volver a la cancha si le vendaba los ojos.
No se rían!! Eso fue dramático. Y el tipo va y acepta. “No voy a dejar a los muchachos con 10” dijo, mientras tanteaba el aire con los brazos extendidos hacia adelante.
Al instante el Corcho
Moreira se puso a su lado y le ofició de lazarillo. Nos dijo que había adquirido cierta práctica en ello porque su abuelo tenía “unas cataratas como las del Iguazú”.
 Lo cierto es que, al grito de “viene rastrera pa’ tu derecha!!” o “saltá y cabeceá . . . . .ahora!!”, Pachineca fue protagonista aquella tarde. Logró los 2 goles que se dieron en el partido. La pena fue que el 2º se lo hizo en contra, pobre.
Faltando 4 minutos cayó una pelota alta en nuestra área y Corcho le grita “de bolea pa’ la zurda!!!”, Pachi obedeció pero el infortunio hizo que pifiara, y el esférico, caprichoso, se metió en nuestra valla. Luego de ese segundo de desconcierto que siempre provoca un gol así, los rivales comenzaron a gritar, festejando el empate.
En ese momento “Corcho” tuvo uno de los gestos más sensibles que he visto en una cancha de fútbol: repuesto de la sorpresa nos hizo señas para que todos abrazáramos y felicitáramos a nuestro “cieguito” que, confundido, levantaba la cabeza para oír mejor y poder captar qué había pasado.
De ese modo creyó que su segundo tanto había sellado la victoria.
No cabía en sí de alegría al oir el pitazo final.

Y así se fue para su casa, del brazo de Corcho.
Los nombres aquí citados son auténticos, la veracidad de la historia depende de la fe de cada lector.
Ya lo dijo Jesús: “Dichosos los que hacen goles sin haber visto”.

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